REZE DIARAMENTE:

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terça-feira, 7 de setembro de 2010

Lucas 15, 1-32

“(...) hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte (...)”
Hermann Rodríguez Osorio, S.J
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Ya habían pasado las 9 de la noche cuando llegué a la casa cansado por el día de trabajo y de estudio que terminaba. Me llamó la atención oír ruido al acercarme al apartamento. Le pregunté al portero qué pasaba. Me contó que mi hermano menor había llegado y cómo mi papá y mi mamá habían organizado una fiesta para recibirlo. Habían invitado a algunos vecinos y familiares a comer. Quedé sorprendido porque ya habían pasado tres años desde el día en que mi hermano se había marchado sin dejar el menor rastro. Antes de desaparecer, había hecho sufrir mucho a mis papás, porque en su afán por conseguir con qué comprar la droga que lo tenía esclavizado, había ido desmantelando la casa de todo tipo de electrodomésticos y objetos de cierto valor. Lo último que hizo, antes de irse, fue robarse los pocos ahorros que mis papás habían logrado reunir a lo largo de toda la vida de sacrificios y esfuerzos.
Sentí mucha rabia al saber que se había organizado una fiesta para recibir a este zángano que no sabía sino gastar lo que otros trabajaban. Me negué a entrar. Mi papá y mi mamá salieron para tratar de convencerme de que me uniera a la fiesta. Confieso que mi reacción fue muy dura con ellos: “De ninguna manera pienso aprobar con mi presencia la alcahuetería de ustedes con este vago que no ha hecho otra cosa que hacerlos sufrir, primero con sus vicios y robos, y luego con una ausencia de tres años sin dar la menor señal de vida. ¿No se dan cuenta de lo que están haciendo? Le están diciendo que todo lo que hizo estuvo bien y que puede seguir con lo mismo siempre. En lugar de educarlo y hacerle ver su error, lo que están haciendo es premiarlo por lo que hizo. ¿Cuándo han organizado ustedes una fiesta para celebrar mis cumpleaños con mis amigos? Me he pasado la vida aquí al lado de ustedes sin desacatar la más mínima orden, estudiando y trabajando para ayudar a sostener los gastos de la casa, y nunca me lo han agradecido. En cambio, ahora, llega este muchachito y convierten esto en una fiesta”.
Los argumentos que me dieron no me convencieron. Decían de todas las formas que estaban contentos porque el hijo que se les había perdido había aparecido y que se alegraban por saber que estaba vivo el que ya daban por muerto. No lo podía creer. Era algo que desbordaba mi capacidad de comprensión. No entendía cómo podía ser posible que hubieran olvidado los muchos ratos amargos que habían tenido por su culpa, antes y después de su desaparición tres años atrás. Estoy seguro de que ustedes también comparten mis sentimientos y no tendrían agallas para celebrar la llegada de un hijo o un hermano que se hubiera portado así con la familia. No me cabe en la cabeza que haya alguien que no sienta lo mismo que yo. Después de todo, Dios no nos pide cosas que estén por encima de nuestras capacidades.
Las parábolas que nos presenta hoy la liturgia de la Palabra , son la manera como Jesús quiso revolucionar radicalmente la imagen de Dios que tenían sus contemporáneos. En lugar de un Dios justiciero y castigador, Jesús nos presenta un Dios que se alegra más por la conversión de un solo pecador, que por noventa y nueve justos que no necesitan cambiar nada de su vida. ¿Nuestra imagen de Dios se parece más al del hijo mayor que no es capaz de perdonar, o al padre que se alegra por encontrar al que estaba perdido?

sábado, 4 de setembro de 2010

(Lucas 14, 25-33)

“Este hombre empezó a construir, pero no pudo terminar”
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*


Una amiga religiosa, escribe de vez en cuando sus experiencias espirituales en forma de poemas. Hace algunos meses me envió estos versos que me parece que nos pueden ayudar a entender lo que hoy nos presenta el evangelio:


Quiero bajar de nuevo a tu bodega,
para darte mi amor, ser toda entrega
y embriagarme de ti, pues son mejores
y más suave que el vino tu amores.

No acercaré mis labios a otra fuente
para calmar mi sed, mi sed ardiente
ni volveré a beber otros licores
que el vino embriagador de tus amores.

Mira que vengo como cierva herida
ve que me entrego a Ti, que estoy rendida
y sacia tu mi sed, pues son mejores
que el más sabroso vino tus amores.


“Mucha gente seguía a Jesús; y él se volvió y dijo: ‘Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun más que a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no toma su propia cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”. Jesús dirige estas palabras a la gente que lo seguía. No se trata de una disyuntiva excluyente. No nos pide que dejemos de querer a las personas que están más cerca de nuestro corazón. Esas personas pueden y deben permanecer en el centro de nuestras vidas. Lo que sí nos pide el Señor es que nuestro amor hacia ellos no esté por encima del amor que sentimos por Él y por su reino. No puede haber nada ni nadie que distraiga el camino de seguimiento.

Las dos comparaciones que ofrece enseguida el evangelio de hoy, recogen situaciones humanas muy concretas. No podemos comenzar a construir una torre si no vislumbramos claramente la posibilidad de terminarla. De lo contrario la gente se burlará de nosotros por pretender algo que no podemos terminar. Por otra parte, ningún líder militar se involucra en una guerra si no piensa que puede llegar a vencer a su enemigo con las fuerzas que tiene. Si no puede hacerle frente a su contrario, tratará de establecer condiciones de paz cuando el otro grupo está todavía lejos y no se ha entablado la batalla. “Así pues, cualquiera de ustedes que no deje todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo”, es lo que concluye el Señor después de presentar estos dos ejemplos.

Podríamos añadir que la persona que ha probado un buen vino ya no podrá contentarse con otra bebida. Así es el seguimiento del Señor. Si nos hemos encontrado auténticamente con él, tendremos que reconocer que ya no podemos saciar nuestra sed en otras fuentes, ni habrá otros licores que sustituyan el vino embriagador de sus amores.

sábado, 28 de agosto de 2010

Lucas 14, 1. 7- 14

Trad: Cicero Edvam Magalhães, sj *
Hermann Rodríguez Osorio, S.J

Ouvi de alguém esta história que pode servir hoje para esse contexto litúrgico, especialmente motivado pela escuta da Palavra: “ caminhava com meu pai e conversarmos, quando ele se deteve numa curva; depois de um pequeno silêncio me perguntou: além dos pássaros, escutas algo mais? Agucei meus ouvidos e alguns segundo depois o respondi: escuto o ruído de uma carreta. É verdade, disse meu pai. É uma carreta vazia. Perguntei ao meu pai: como sabe que é uma carreta vazia, se ainda não a vimos? Então meu pai respondeu: é muito fácil saber quando uma carreta é vazia, por causa do ruído. Quando mais vazia a carreta, maior é o ruído que faz. Me tornei um adulto e até hoje quando veja uma pessoa falando exageradamente, interrompendo a conversa de todos, sendo inoportuna e violenta, sendo prepotente e desprezando as pessoas, tenho a impressão de ouvir a voz do meu pai dizendo: “quando mais vazia, maior é o barulho que faz.” A humildade consiste em silenciar nossas próprias virtudes para permitir que os demais as descubras por si mesmos.
Jesus foi comer muitas vezes com gente importante; Ele não era um amedrontado que passava a vida metido em quatro paredes por medo de contaminar-se com o mundo que o rodeava. Veio anunciar a este mundo uma Boa Noticia e no podia fazer-lo fechado em quatro paredes. Estando em casa de um chefe fariseu ( separados), outros fariseus o estavam observando para ter algo para acusar-lo. Jesus, ao ver “como os convidados corriam para os assentos de honra na mesa, os deu este conselho: ‘. Quando alguém te convidar para banquete de casamento, não sentes no lugar principal, pois pode chegar outro convidado mais importante que tu; e o que os convidou aos dois pode vir a dizer: “Dar-lhe o lugar a este outro”. Então tens que com vergonha ir para o último lugar, ( ou sair da festa imediatamente da festa porque não supostas a humilhação). Ao contrário, quando te convidam, senta-te no último lugar, para que quando chegar o que te convidou te diga: ‘ amigo venha para o lugar de mais honra’. Assim receberas honras diante dos que estão sentados contigo a mesa. Porque o que a si mesmo se engrandece, será humilhado; e o que se humilha, será engrandecido.’
Além desse ensinamento tão útil e concreto para a nossa vida, o Senhor acrescentou outro para que de não menos valor, talvez com ensinamento superior, para o faz uma festa e convida as pessoas. Nesse dia: “- quando deres um banquete ou um jantar, não convide a teus amigos, nem a teus irmãos, nem aos teus parentes, nem aos teus vizinhos mais ricos; porque eles, a sua vez, te convidarão, e assim já terás a recompensa. Ao contrário, quando tu deres um banquete, convida aos pobres, os inválidos, os coxos e os cegos; e serás feliz. Por eles não te podem pagar, porém tu terás a recompensa no dia em que os justos ressuscitarão.
Num retiro que assitir com Jean Vanier, em Porto, ao norte de Portugal, o escutei dizer que alguma vez havia lido este texto com um grupo de empresários do primeiro mundo. A reação que produziu foi de protesto e descontentamento. Porém também contou que havia lido este texto com um grupo de governantes de país pobre. A reação foi de alegria e jubilo. Estes saltavam e gritavam de alegria pelo que estava escutando. Para eles esta era uma Boa Noticia, ao contrário para os primeiros que era um noticia que causou incomodo, mal estar. Que significa para nós estas palavras de Jesus? Alegram o nossos corações, ou o levam a ficar de mal estar? Cada um pode avaliar a sintonia que sente com as palavras do Senhor, para reconhecer a chamada do dia de hoje. Recordem que existem pessoas tão pobres que o único que tem é o dinheiro. Ninguém está mais vazio que aquele está cheio de si mesmo. Perguntemo-nos se nossas carretas fazem muito ruídos, ou se estão carregadas de valores e boas obras para que enriquecermos com uma riqueza que só poderá ser apreciada (calculada) no dia em que os justos ressuscitem.
* É uma tradução simples, rápida, mas apresenta os aspectos essencias do texto original que você pode conferir em Espanhos nesse blog. Usei de liberdade para a tradução. Aconselho aos que sabem ler em espanhol que leam no original.

Quando alguém te convida para uma festa... ( Lucas 14, 1.7-14)

“Cuando alguien te invite a un banquete de bodas (...)”
Hermann Rodríguez Osorio, S.J


Le oí a alguien esta historia, que nos puede servir hoy de contexto: “Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva; después de un pequeño silencio me preguntó: Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más? Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: Escucho el ruido de una carreta. Eso es –dijo mi padre–. Es una carreta vacía. Pregunté a mi padre: ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos? Entonces mi padre respondió: Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por causa del ruido. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace. Me convertí en adulto y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: "Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace". La humildad consiste en callar nuestras propias virtudes para permitir que los demás las descubran por sí mismos.
Jesús fue a comer muchas veces con gente importante; Él no era un mojigato que se pasaba la vida metido entre cuatro paredes por miedo a contaminarse con el mundo que lo rodeaba. Vino a anunciarle a ese mundo una Buena Noticia y no podía hacerlo encerrado en cuatro paredes. Estando en casa de un jefe fariseo, otros fariseos lo estaban espiando para tener de qué acusarlo. Jesús, al ver “cómo los invitados escogían los asientos de honor en la mesa, les dio este consejo: ‘–Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, pues puede llegar otro invitado más importante que tú; y el que los invitó a los dos puede venir a decirte: ‘Dale tu lugar a este otro’. Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento. Al contrario, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó te diga: ‘Amigo, pásate a un lugar de más honor’. Así recibirás honores delante de los que están sentados contigo a la mesa. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido”.
Además de esta enseñanza tan útil y concreta para nuestra vida, el Señor añadió otra para el que lo había invitado ese día: “–Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; porque ellos, a su vez, te invitarán, y así quedarás ya recompensado. Al contrario, cuando tú des un banquete, invita a los pobres, los inválidos, los cojos y los ciegos; y serás feliz. Pues ellos no te pueden pagar, pero tú tendrás tu recompensa el día en que los justos resuciten”.
En un retiro al que asistí con Jean Vanier, en Oporto, al norte de Portugal, le escuché decir que alguna vez había leído este texto con un grupo de empresarios del Primer mundo. La reacción que produjo fue de protesta y descontento. Pero también contó que había leído este texto con un grupo de menesterosos de un país pobre. La reacción fue de alegría y júbilo. Los pordioseros saltaban y gritaban de alegría por lo que estaban escuchando. Para ellos esta era una Buena Noticia, mientras que para los primeros era mala. ¿Qué tal nos caen a nosotros estas palabras de Jesús? ¿Alegran nuestro corazón, o lo llenan de incertidumbre y molestia? Cada uno puede evaluar la sintonía que siente con las palabras del Señor, para reconocer la llamada del día de hoy. Recuerden que existen personas tan pobres que lo único que tienen es dinero. Nadie está más vacío que aquel que está lleno de sí mismo. Preguntémonos si nuestra carreta hace mucho ruido, o si va cargada de valores y buenas obras para enriquecernos con una riqueza que sólo se podrá apreciar el día en que los justos resuciten.

quarta-feira, 14 de julho de 2010

Não Basta só a Regra

Desde pequeno que gosto de regras. Sempre me descansou saber com o que posso contar e até onde se pode ir. Perceber o que vale e o que não vale. Assim não sofro muito com expectativas e é tudo mais simples. E em caso de dúvida? Nada mais simples, consulta-se o manual que a define e sabe-se o que se tem de fazer. Simples não? No entanto, não creio que a maioria, ao ler esta reflexão, se reveja na opinião do seu autor. Creio que hoje, se vive um tempo onde o protagonismo nasce da infracção dessas mesmas regras. Qual o filme de Hollywood em que o herói não afronta a policia para um bem maior? Sinal de coragem? Provavelmente… Confesso que não deve fácil ter de enfrentar tudo e todos em nome da nossa perspectiva…
Mas não será também sinal de coragem aceitar e cumprir com o que Outro me pede?
Continuando. Ouvi, num Domingo passado, parte da carta de São Paulo aos Gálatas. Impressionou-me bastante a violência com que o Apóstolo de Cristo sublinha que é pela fé em Jesus que somos justificados e não pela Lei. Impressionou-me, principalmente por não perceber o que é que quererá dizer. Ou melhor, porque aquilo que São Paulo terá percebido, vai mais longe do que a fé poderia ir. Passo a explicar: parece-me que a nossa vida, a nossa existência, de onde quer que venhamos ou para onde quer que vamos, o mais importante é a relação que tenho com Jesus. Ou seja não basta só a regra, o correcto, mas o que nos é pedido é uma entrega total. Reparem, a proposta que é feita não é a de ir contra os que os antigos já nos dizem, mas ir para além daquilo que nos foi dito. Assim, para uma intimidade grande com Jesus, não basta a missa ao Domingo, o dar esmola ao pobres, o dar catequese, mas uma disponibilidade para aceitar tudo isso e mais que me seja pedido.
Sou capaz de ir mais longe do que o que já considero suficiente?
Voltei, no outro dia, a visitar as Irmãs da Caridade. Falámos um bom bocado sobre questões profissionais, mas no final lá deu para as típicas “duas de treta”. Sem ser um tipo particularmente perspicaz, depressa percebi que a irmã entrara para a congregação bastante nova – reparem que quando falo em irmãs da caridade, falo das que, independentemente do pais, a única certeza para o presente e para o futuro, é que vão estar entre os mais pobres dos pobres. – e que já tinha corrido meio mundo. Perguntei-lhe se não ficava por vezes cansada de tudo o que vivia. Calmamente retorquiu-me “Não! Sabe, nós temos sempre a certeza da alegria de Deus…”





sábado, 5 de junho de 2010

Reflexão semanal : Depois dos confetis…

Já todos tinham saído e parecia que não sobrava nada. Pegou na vassoura e curvou-se para começar a varrer… o seu pensamento voava pelos últimos dias. Tantas caras, tantas palavras, tantas conversas pela metade. Era tempo de partir outra vez. A vassoura varria o chão e a memória os dias. A vida seguia o curso normal e ao mesmo tempo diferente. E não sabia bem porquê. Estava tudo ainda demasiado próximo, nada se podia dizer sobre tanto…A vassoura varria o chão e ela, curvada, agradeceu só.

Depois de um grande acontecimento a vida altera-se, deixa de seguir o mesmo rumo, mesmo que no meio dela não percebamos bem a diferença: as pessoas, as relações, os acontecimentos mudam-nos. Mudam as nossas opções e os nossos caminhos. Depois de um grande acontecimento, o ímpeto de qualquer pessoa leva-a inevitavelmente a olhar para trás e daí, tirar conclusões: pequenas, grandes, mais ou menos ponderadas, mais ou menos acertadas. Acredito que o dinamismo vital de cada um lhe pede que, a certo ponto, olhe para trás.

Avaliar é, portanto, este movimento de olhar para o que passou e daí retirar algo. Não falo de um avaliar que se limite ao julgar ou ao medir mas um processo contínuo de aprendizagem. Uma atitude que está de braços dados com o agir, que o modifica e, de certa forma, o conduz.

Este olhar, muitas vezes subestimado e delegado para último plano, pode conter tanta vida e tanto fruto como o agir em si. O modo como avaliamos limita o caminho que faremos a partir daí. Com a urgência da máxima produção e do máximo lucro, o relógio do mundo começa a deixar de contemplar estes momentos de paragem e estas decisões começam a ser cada vez mais nossas, exigências de nós para nós, frente ao mundo.

Reconheço em mim esta necessidade de olhar para o caminho percorrido? Dou-lhe ouvidos e espaço?

Depois dos confetis pode-se dar a maior festa, a de me alegrar com o que correu bem e quero continuar ou a de tomar consciência das minhas limitações e faltas e, a partir daí, seguir em frente. Tudo isto é caminho, tudo isto faz crescer. Esta paragem pode por vezes fazer-nos avançar mais no caminho do que muitos trilhos percorridos, e esta fertilidade dita-a a qualidade deste olhar, a qualidade das avaliações que fazemos.

Três condições parecem-me fundamentais como garantia de alguma qualidade: a da verdade, a do tempo e a do proveito. E na falta destas três… a falta de verdade onde nos levará? Que poderemos construir sobre o que não é real? Avaliar tem um tempo, o tempo do compromisso e da distância, avaliar constantemente é também um erro, retira-nos a capacidade de desfrutar, de estar simplesmente presente. E por fim, para quê avaliar se o resultado disso não se traduz em mais vida, em mais fidelidade? O proveito que retirámos será a tradução viva desta opção.

Olhando para trás, consigo identificar frutos deste olhar? Consigo perceber as consequências desta opção de crescer com o que vivi, que mais tarde se tenha traduzido em vida?

Como nos diz Kierkegaard, “A vida só pode ser compreendida olhando-se para trás; mas só pode ser vivida olhando-se para a frente.”

Para nós, cristãos, este olhar tem contornos muito especiais. Com a consciência do terreno, mas de olhos postos nos céus. A avaliação é um passo deste caminho de desejo de proximidade encarnado em nós. Principalmente, é uma avaliação segundo os critérios de Deus e não os nossos. O segredo está na procura desta comunhão de valores e disposições, que os critérios de Deus se tornem os meus, que o meu olhar se faça cada vez mais Seu.



Ana Sampaio